Las siembras de cereal van siendo más altas, y su intenso verde se extiende en aquellos lugares que antaño ocuparon las pseudo-estepas naturales. El escribano triguero (Emberiza calandra), lanza su monótono canto desde la retama del borde del camino. Ya han aparecido los primeros alcaudones comunes (Lanius senator) procedentes de África, y se afanan por encontrar algún majuelo o piruétano para ubicar su nido en el lindero que divide las hojas de siembra. De repente aparece él, un gran macho de avutarda (Otis tarda), que con su cuello inflado y sus blancas barbas se apresura a ocupar el pequeño cerro que le servirá para exhibirse ante las hembras de su especie y a su vez retar al resto de los machos de la zona, sus competidores. Este territorio que se constituye en un ring improvisado, es denominado por los ornitólogos expertos con el término de «lek». En breve comenzará su danza nupcial, conocida como «la rueda», y tanto hembras como grupos de machos juveniles, solteros e inexpertos, comenzarán a reunirse alrededor para contemplar primero la danza y después la lucha. Según cuentan los labradores más antiguos del lugar, el nombre de avutarda procede del portugués «avetarda» o ave lenta, pues al tratarse del ave voladora más pesada, situándose justo en el límite de la capacidad de elevarse, necesita de una larga carrera y un pasmoso batir de alas hasta que consigue despegar del suelo. Desgraciadamente la transformación de los medios agrarios y el abuso de los agroquímicos hacen que la reina del llano y otras especies con las que comparte su territorio sean cada vez más escasas. Esperemos que nuestra inteligencia posibilite cambiar las tornas.
Texto y Fotografía: Juan Pablo Prieto