El tapiz del suelo de la dehesa se ha cubierto nuevamente de color. Lavandas, amapolas o genistas además de difundir el mejor de los perfumes, salpican de violetas, rojos y amarillos el verde limpio de las hierbas que lucen las primaveras, tan lluviosas como esta, en cuanto aparecen los primeros rayos de sol. A ello, para añadir más colorido a la paleta celeste se suman las aves que van llegando. Aparecieron los primeros abejarucos europeos (Merops apiaster) hace más de un mes, y su «briu, briu» nos hizo levantar la cabeza y escudriñar el cielo en su busca. Después llegaron las carracas (Coracias garrulus) luciendo esa paleta de azules tan difíciles de igualar, y fueron ocupando sus oteaderos en las pseudoestepas desarboladas y las campiñas cultivadas. Ahora se posicionan en las mejores perchas de los robles melojos los machos de oropéndolas (Oriolus oriolus), dejando que las luces atenuadas de la mañana intensifiquen su dorado plumaje. Mientras tanto el discreto plumaje del ruiseñor lo camufla para que pueda elevar su maravilloso canto desde la encrucijada del rosal silvestre. Estamos en un momento en el que el campo es sinfonía de canto y de color, con paradas nupciales y melodías que marcan el territorio, debemos aprovecharlo pues en breve, todas estas aves se dedicarán a la crianza de sus nidadas y se volverán muy discretas. Es lo que necesita la vida para poder perpetuarse, y nosotros para disfrutarla.

Texto y fotografía: Juan Pablo Prieto